La puerta del viejo garaje crujía y se abría. La oscuridad de dentro era pesada. Y entonces… una luz.
Lamá rodó hacia adelante — ¡CLAC! Chocó con el bordillo. Una nube de polvo blanco estalló; sus luces se apagaron y volvieron a brillar.
Vrum… vrum… Lamá avanzaba despacio. En la acera, una niña en su silla de ruedas tironeaba del suelo y lloraba.
Lamá pitó: «¡Biuuup!» La niña se secó las lágrimas y miró hacia abajo: «¡Un cochecito!» En el retrovisor se reflejó la risa.
Pasó un camión: ¡¡ZAS!! El viento empujó las ruedas de Lamá y se inclinó hacia la derecha. Se recobró… y siguió.
El señor anciano estaba de pie con su periódico. Lamá pitó: «¡Biuuup!» Apoyó el periódico en la rodilla y sonrió: «¡El cochecito!» La hoja revoloteó con el viento.
Camiones. Autobuses. Lamá… un puntito. Se detuvo. Silencio.
¡Un bache enorme! La rueda de Lamá saltó por los aires como una moneda girando. ¡Todos los coches se dieron la vuelta para mirar! Y estalló una gran carcajada. Sus lucecitas brillantes: ¡Biuuup!
Una calle tranquila. Una ventana abierta, una niña saludando. El último pitidito suave de Lamá: «Biuuup.»
Entró en el garaje. La vieja puerta crujió. La luz naranjada del atardecer la acarició desde la ventana sesgada. Silencio.







