Pipoca tira de la sábana colgada del tendedero, pero el viento le arranca la tela de sus patitas y se la enrosca en la cerca de alambre. Entonces, un maullido finísimo corta la tormenta, tan agudo que las orejitas de Pipoca se levantan solas.
Pipoca encuentra al gatito encogido debajo de un cubo de plástico con la tapa suelta, sus garritas aferradas al borde. El viento empuja una botella de vidrio por el suelo: tum, tum, tum.
Pipoca sube a un tronco de madera alto, metiendo sus patitas delanteras en el musgo resbaladizo, y suelta el aullido más grande que cabe en su garganta — ¡AU! ¡AU! ¡AU! — tres veces.
El gatito deja de maullar; sus ojitos negros se abren como dos moneditas brillando en la lluvia, y él estira el cuello, despacito, hacia el tronco.
El gatito sale corriendo por el camino equivocado, directito a la cisterna abierta, y Pipoca se lanza delante de él, con sus cuatro patitas clavadas en el barro, un puntito blanco-creme en medio de la tormenta.
La lluvia se detiene un segundo — un silencio absurdo — y, en ese vacío, la vocecita de Pipoca corta limpia: «¡ACÁ! ¡Salta acá!». El gatito parpadea rápido, dos veces.
Mira a la cisterna, mira a Pipoca, y se deja caer en sus brazos. Dentro de la caseta, el gatito ronronea al fondo, sobre un cepillo viejo que le sirve de cama.
Pipoca se queda sentada en la puerta, con gotitas que aún caen de su hocico, la cola dando un golpecito en la madera. El gatito apoya su mentecita en la pata de Pipoca; la cola vuelve a dar un golpecito.






