Pincelín trotaba por el bosque gris. Su cuerno rozó un roble y el árbol se volvió verde brillante. —¡Wow! —susurró.
Tocó una flor, que se puso roja. Tocó un arbusto, que se volvió azul. Tocó una piedra, que brilló en amarillo. —¡Es magia! —pensó.
Pincelín siguió tocando cosas, pero pronto no quedó nada gris que pintar. El bosque entero era color. —¿Y ahora qué? —se preguntó.
Entonces vio un pequeño lirio completamente gris. Lo tocó con cuidado. El lirio se puso amarillo brillante. —¡Gracias! —sonrió el lirio.
El lirio amarillo se balanceó y se rió. —¡Ven! —lo llamó con su tallo. Pincelín lo siguió, curioso.
Pincelín tocó otro arbusto, y este se volvió naranja y se rió también. ¡Todo lo que tocaba cobraba vida!
Pincelín corría de un lado a otro, tocando flores, piedras y ramas. Cada cosa que tocaba se reía y cobraba color.
El bosque Prismático brillaba con todos los colores. Pincelín se acostó entre las flores y sonrió. —Esto es magia de verdad.