El pequeño erizo saltó tras una luciérnaga plateada sin ver que el sendero desaparecía bajo capas de hojas secas. El aire olía a tierra mojada y flores dulces.
El aire olía a tierra mojada y flores dulces. Pipo giró sobre sus patitas, buscando la luz dorada que se alejaba entre los troncos.
Un conejo de orejas manchadas saltó desde un hongo rojo y le preguntó: «¿Buscas la luna?»
Pipo asintió rápido, rozando su pelaje suave. El conejo sonrió y señaló un sendero cubierto de musgo verde que bajaba hacia un arroyo burbujeante.
Ante el arroyo, una rana saltarina se posó en una piedra y cantó: «¡El puente está mojado!» con voz que hacía eco metálico.
Pipo resbaló y sus púas chocaron contra piedras lisas. La rana le ofreció una hoja plana como balsa.
Ambos cruzaron flotando sobre la hoja hasta la orilla oscura. Pipo miró la luna entre las ramas y pensó: «Todavía está lejos.»
Una neblina azul envoló el claro y la luna dorada se desvaneció. El viento susurró entre las hojas y el erizo se sintió perdido.
El conejo y la rana se acercaron y comenzaron a corear una melodía que hizo vibrar el aire. Cientos de luciérnagas llegaron formando un camino brillante hacia la luna.
Pipo caminó por el sendero de luciérnagas mientras el conejo y la rana lo acompañaban. La luna dorada se reflejaba en charcos tranquilos.
Pipo partió una fruta brillante en tres trozos iguales y se la ofreció a sus amigos. El bosque suspiró con luz cálida.
Los tres amigos caminaron juntos bajo la luna dorada, y el camino de luciérnagas nunca dejó de brillar.