Pitín da un paso atrás y se detiene en seco. Ya no hay camino de tierra: solo adoquines desconocidos.
Olea el aire: no huele a hojarasca ni a su madriguera. Un pájaro canta en una rama, y él se hace bolita, temblando, antes de estirarse y caminar.
Pitín llega a la fuente y se acerca para oler, pero no huele a casa. Se desliza bajo el banco de madera y escucha pasos que se alejan.
Un niño deja caer una galleta cerca de sus púas. Pitín empuja la galleta con su nariz, pero no entiende nada.
Llega al mercado: un montón de manzanas rojas brillantes. Unas ruedan hasta sus púas y se quedan clavadas. Tropieza con su cola y las manzanas caen con ruido seco.
Pitín se apresura a alejarse del mercado. El sol se pone y la plaza se llena de luces amarillas.
Corre entre las patas de las mesas del café, esquivando sillas y platos que tintinean. Se detiene erguido, con los bigotes temblorosos.
¡Paf! Un canto agudo y conocido viene desde la callejuela de los tilos. Es la voz de su mamá, llamándolo. Pitín se pone en marcha de inmediato.
Pitín llega a la madriguera y empuja con su hocico la hoja de otoño que la tapa. Su mamá lo recibe con los brazos abiertos.
Su mamá lo acurruca contra su pecho. Pitín suspira y huele a tierra húmeda, a musgo, a su olor verdadero. Se queda quieto mientras ella le acaricia las púas.