Ray saltó sobre un charco. ¡Ploc! Una gota cayó justo en su nariz, y un arcoíris apareció sobre los jardines.
Las campanas repicaron: ¡clin, clan! Ray corrió detrás de los colores, pasando entre rosales y fuentes todavía mojadas.
El arcoíris siguió por un callejón lleno de banderines mojados. Una ráfaga levantó el pañuelo de Ray y lo atrapó en una maceta.
Ray tiró, tiró y volvió a tirar. ¡Rueda, rueda! La maceta bajó por la calle, con el pañuelo ondeando detrás.
La maceta rodó hasta una plaza brillante. Ray corrió detrás, mientras el arcoíris descendía entre las flores.
Una franja de luz señaló una puertita de colores. Detrás se oyó: «¿Vienes a explorar?»
Ray cruzó la puertita. Una lluvia nueva borró parte del arcoíris, y varios caminos quedaron brillando frente a él.
Ray miró los caminos y ladró: «¡Guau!» Desde el sendero azul, otro perrito respondió: «¡Guau!»
Juntos siguieron las últimas franjas de luz. Pasaron bajo arcos de flores hasta encontrar un sendero que subía.
Al llegar a la colina, el pueblo apareció entero abajo. El arcoíris volvió completo sobre tejados, torres y jardines.
Ray compartió su pañuelo con su nuevo amigo. Luego, los dos corrieron hacia el camino que brillaba más allá de la colina.
—¡Más lejos! —ladró el perrito amigo. Ray respondió: «¡Guau!» Y siguieron corriendo bajo los colores.