Rexi apartó unas hojas gigantes y descubrió un río cristalino. Puso una patita sobre una piedra resbalosa.
¡Plaf! Rexi cayó sentado en el agua y su cola salpicó las hojas. —¡Ji, ji! —se rio, sorprendido.
Después, Rexi siguió unas huellas diminutas hasta una flor enorme. Se acercó despacio, mirando sus pétalos abiertos.
¡Pum! La flor se cerró y lanzó polen por todas partes. Rexi estornudó: —¡Achís!
Un rugido lejano hizo temblar las hojas. Rexi levantó la vista y siguió el camino hacia los volcanes.
Rexi trepó una loma para mirar mejor. Una nube de vapor cubrió el camino y escondió los volcanes.
Rexi avanzó despacio entre silbidos y piedras tibias. Encontró helechos que se movían como abanicos.
Rexi tocó un helecho. ¡Fuuu! Todos se inclinaron a la vez, y un estruendo sacudió la selva.
Rexi corrió cuesta abajo. Una rama cayó delante de él y bloqueó el paso.
Rexi empujó, resbaló y rodó por debajo. Al salir, descubrió un arroyo escondido entre musgos brillantes.
Rexi se acomodó junto al arroyo y recogió una piedra lisa. Bajo el agua, la piedra relucía.
El arroyo murmuró entre los musgos. Rexi sonrió: —Este rincón será mi tesoro.