En el prado verde, una torre de madera se alzaba alta y derecha. El pequeño dragón rojo la observaba con los ojos brillantes.
Roco empujó la torre con todas sus fuerzas. ¡CRAC! La torre se derrumbó en un montón de bloques. Sus orejas se aplanaron. "¡Ay, no!" gemió.
Un estruendo seco resonó en el prado. Los bloques de madera volaron por todos lados. Roco arqueó la espalda y soltó un hilito de humo gris por la nariz.
Lila lo vio desde el sendero y corrió hacia él. "Tranquilo, Roco", dijo con voz suave.
Lila se sentó a su lado. "Así", susurró. Inhala… y exhala… como si llenara un globo invisible.
Roco cerró los ojos e intentó copiarla. Pero sus hombros se tensaron y de sus fosas nasales brotó una bocanada de humo tan espesa que oscureció el prado. ¡Atsú-chim!
Estornudó violentamente. Una nube de hollín cubrió las flores que había rodeado su torre. Todo quedó negro y triste.
La tortuga emergió del charco y sopló pompas de jabón desde una caña. Las pompas flotaban, color arcoíris, invitando al pequeño dragón a seguirlas.
Roco contó las pompas en voz baja. Una mariposa azul se posó en su punta y le hizo cosquillas. Sonrió sin querer. Un anillo de humo plateado giró en el aire.
De pronto, un conejito tropiezó y derrumbó la torre recién reconstruida. Roco se puso rojo como un tomate. Sus escamas brillaron de furia. Un rugido grave le subió por la garganta.
Pero recordó la respiración de Lila y el anillo de humo. Cerró los ojos. Contó hasta tres. Y al exhalar, un suave soplo de vapor cálido disipó la rabia.
Roco ayudó a reconstruir la torre con piezas más grandes. Al terminar, se acurrucó junto al charco y exhaló un círculo de humo blanco que se elevó lentamente hacia el cielo. Estaba en paz.