Rusco baja del camión de mudanza; barro seco le pinta las almohadillas. Arriba, un rascacielos traga entero el sol. Los autos rugen, rugen, rugen. Se aplasta contra el concreto frío de la acera y maúlla una vez, muy bajito. Piensa: aquí no hay callejones donde esconderse.
Corre entre tacones que crujen y ruedas que silban, silban, silban. Tacones-crack, rueda-zum, tacones-crack. Colas de abrigo le rozan el lomo. Echa a correr más rápido, más rápido, hasta que el ruido del mundo se queda atrás. Nada de hierba. Nada de silencio. Solo el aire en las orejas.
Tres noches. La luna pasa sobre techos azules y cables como hilos de acero. El semáforo pita, pita, pita para nadie. Una acera vacía huele a lluvia vieja y a frenos calientes. El campo abierto, si lo hay, está al otro lado de todos esos vidrios.
Un camión silba a la bocina: ¡BRAAAAM! Rusco salta al bordillo con un chillido y se hunde en una caja de cartón aplastada. Huele a papel mojado, a aceite, a noche. Afuera el semáforo pita, pita, pita. Él no se mueve. No se mueve. No se mueve hasta que el paso se detiene.
Madrugada dentro de la caja. Un agujero en el fondo: una hojita verde brota, tímida. Rusco la lama despacio, despacio. De pronto, un palomo gris se posa en el borde: «coo-coo», inclinando la cabecita. Rusco le escupe un hilillo de saliva. El palomo se queda clavado, parpadeando.
Una mañana, una niña de moños baja al balcón con una lata de bolita de leche. La abre: pop. El olor dulce baja, baja hasta la acera. «¡Hola, gatico!», dice, y deja la boquita de cartón sobre la barandilla soleada. Abajo, un parpadeo. Un morro asoma.
Rusco asoma el morro desde la caja y lama un hilo de leche espesa. Pop-pop-pop, cae la regadera de la niña y el agua tibia le corre por los lomos. El sol lo cubre de caldor dorado. Abajo, la ciudad sigue rugiendo. Aquí solo hay ese golpeteo suave.
Rusco se enrosca en el rincón del balcón, junto a la boquilla vacía y una maceta. El barro de sus patas se vuelve polvo de maceta, y no va a volver a cambiar. Maúlla corto: «Aquí no pienso irme.» Abajo, todo el ruido del mundo. Arriba, este rincón.