Samara y Matías apartaron una cortina pesada de hiedra. Detrás apareció un sendero de piedras que brillaban como estrellas trituradas. Pip ladró una vez y salió disparado; sus uñas repiquetearon sobre adoquines recién nacidos. La brisa trajo menta silvestre y un aroma dulce, como miel calentada al fuego.
El sendero desembocó en el Reino de la Aventura. Castillos de torres azules relucían junto a una cascada atronadora, mientras un bosque encantado murmuraba con musgo verde pulsante. Un dragón morado descendió entre los niños con un suave ¡pum! y formuló un acertijo con voz de campanas plateadas.
Matías se rascó la barbilla, buscando la respuesta. Pip movió la cola ante una mariposa cuyas alas relampagueaban con el mismo morado de las escamas. El dragón inclinó la cabeza y señaló un puente de luz lunar cristalizada, suspendido sobre una hondonada cubierta de niebla.
Samara puso un pie sobre el puente. Los arcos de cristal temblaron; unas piedrecillas saltaron y desaparecieron en la niebla. Matías apretó el hombro contra la pata escamosa del dragón y murmuró: «No me gustan las alturas». El dragón exhaló humo morado, que se endureció formando una baranda lisa de extremo a extremo.
A mitad del cruce, el puente se apagó. Las sombras crecieron y copiaron sus temores: muros de agua, bocas de túnel sin fin y torres que se deshacían en polvo. Samara tomó la mano de Matías. Pip lanzó un ladrido seco, ¡guau!, que partió las figuras oscuras como un latigazo.
El dragón echó la cabeza hacia atrás. Desde su pecho dorado brotó una explosión de luz amarilla. Las paredes de agua, los túneles y las torres se rompieron en polvo brillante. Miles de chispas descendieron sobre el puente, ¡chis, chis!, como confeti de fiesta.
Al otro lado, la luz central del reino esperaba en silencio. El gran cristal estaba gris y agrietado, como hielo viejo. Samara, Matías, Pip y el dragón apoyaron las manos y las patas sobre su superficie. Una claridad pequeña apareció bajo el contacto y comenzó a extenderse por las grietas.
El cristal estalló en oro, azul y violeta. La luz inundó cada torre, cada árbol y cada gota de la cascada. Pip se sacudió y lanzó una nube de destellos al aire. El dragón ronroneó; el sonido rodó como trueno lejano sobre un campo de margaritas.