Sol se asoma por la ventana del segundo piso y ve la pancita de su mamá, cada día más redonda y firme. «Voy a ser hermana mayor», susurra, y corre a buscar su cuaderno para dibujar dos soles: uno grande y uno pequeño.
Se sienta a su mesita y traza dos soles con crayón dorado —uno enorme y otro diminuto— sin parar de sonreír. Guardará el cuaderno como un secreto hermoso, porque ese dibujo es la primera promesa que le hace a su hermanito.
Practica arrullos con su muñeca, salta por las calles coloridas del pueblo y encuentra el lugar perfecto en el jardín grande para plantar su semilla especial. «Para ti, hermanito —murmura—, cuando llegues».
Cada pequeño regalo que deja es un mensaje silencioso: «Te estoy esperando». La flor plantada, el arrullo ensayado, el cuaderno con los dos soles —todo espera con paciencia al bebé que aún no puede ver.
Esa mañana corre al jardín otra vez y trae las muñecas almohadas desde su habitación. Las apila con cuidado junto al hoyo de la semilla, como si ya pudiera sentir la caricia suave que le dará a su hermanito cuando nazca.
Una mañana despierta antes que nadie y baja corriendo las escaleras. Ensalada la mano de su mamá la acompaña al baño, donde la lavadora termina su ciclo y un pañalito humedecido la espera.
El pañalito mojado sale de la lavadora y su mamá se ríe con una risa larga y alegre. Sol sonríe sin poder evitarlo —sabe que eso significa que el bebé viene en camino, muy pronto.
El día que nace su hermanito, Sol espera afuera de la habitación con los ojos bien abiertos. Cuenta los segundos entre cada paso que escucha dentro y se imagina mil veces cómo será su carita.
La enfermera la deja pasar y Sol se acerca despacio, despacísimo, hasta la cuna. Estira la manito y toca la carita del bebé que acaba de llegar, y por un momento el mundo entero se detiene.
El bebé abre los ojos y lo mira como si ya lo conociera. Sol se queda sin aliento —no puede ser coincidencia, su hermanito la ha reconocido desde el primer momento.
Ahora duermen en la misma habitación y cada mañana Sol le cuenta a su hermanito las aventuras que vivirán juntos. Por los parques, por las calles coloridas y el jardín grande donde juegan.
Y él aprieta su dedo con una sonrisita que lo dice todo. Sol susurra: «Empezamos» —y sabe que cada día será una nueva aventura, la mejor que pueda imaginar.