Tau sube a su pequeño cohete y se abrocha el arnés. Los motores rugen con un zumbido que le hace vibrar los dientes. Con un empujón, la nave se eleva dejando atrás la luna gris.
Tau aterriza en Mercurio y pisa el polvo gris que crujde bajo sus botas. Un ser de roca viva se acerca y le ofrece una piedra brillante. Tau sonríe, pero su traje empieza a pitido de advertencia.
En Venus, la nave choca contra nubes espesas y amarillas. Tau ve una figura brillante detrás del humo y la sigue con el radar. Un habitante de nubes se materializa y señala hacia Marte.
Júpiter muestra una gran tormenta giratoria; Tau intenta esquivarla pero la nave tiembla violentamente. Los amigos de Mercurio y Venus aparecen en la pantalla, gritando instrucciones. Tau aprieta los puños en los mandos y sigue sus voces, saliendo ileso de la tormenta.
Tau regresa a la Tierra y aterriza en su patio trasero; baja corriendo hacia su familia. Pero al mirar por el telescopio, ve pequeñas naves hover y un holograma de sus amigos interestelares saludando. Tau ríe y llora de alegría, prometiendo explorar más el próximo año.
El joven astronauta guarda su casco cuidadosamente en el estante. Las estrellas parpadean fuera de la ventana mientras planea su próxima aventura. El universo entero lo espera con paciencia.
La mañana siguiente trae nueva energía para las exploraciones futuras. Tau dibuja mapas estelares en su cuaderno con colores brillantes. Cada línea trazada es un paso hacia nuevas tierras desconocidas.
Los sueños de Tau crecen tan grandes como las galaxias mismas. Con cada estrella que observa, su imaginación se expande sin límites. El cielo nocturno es solo el comienzo de su viaje infinito.