El aula de tercero estaba en desorden total. Niños corrían de un lado a otro. Los libros caían al piso y las computadoras parpadeaban sin cesar.
Tino apretó los puños. «¡Vamos a organizar esto!» gritó. Un libro resbaló de la mesa y cayó con un golpe seco.
Tino levantó la mano y todos se detuvieron. «Tú llevas los libros, tú escribes, tú enciende la computadora.»
Pero el niño que debía escribir se distrajo. Trazó garabatos en vez de letras, y una página voló hasta la ventana.
Tino suspiró, recogió la página y la alisó sobre el escritorio. «Otra vez», dijo.
Esta vez, todos se sentaron en sus lugares. Las teclas comenzaron a golpear, los libros se apilaron, y la pantalla brilló con letras nuevas.
De pronto, el cuento apareció completo en la pantalla: un dragón con sombrero de fiesta que decía «¡HOLA!»
Todos saltaron y aplaudieron. Tino sonrió mientras el aula, por primera vez, quedaba en silencio feliz.
Tino miró a su alrededor. Nada estaba en su lugar, pero todo funcionaba. Sonrió para sí.
El dragón de la pantalla parpadeó una vez más. «¡HOLA!» volvió a decir, y Tino rió en voz baja.
Los libros permanecían apilados. Las computadoras brillaban. El aula de tercero estaba organizada, y eso era suficiente.
Tino se acomodó en su silla. Mañana habría otra historia que escribir. Pero por hoy, el aula descansaba en paz.