Detrás de un saco de maíz, Tita encontró un mapa arrugado. Su cresta se erizó de emoción y picoteó el papel varias veces. Avanzó hacia el borde del jardín, donde los árboles del bosque susurraban.
Un zorro rojo se cruzó en su camino y le ofreció indicaciones a cambio de algo brillante. Tita dudó un momento, luego colocó su botón favorito sobre la pata del zorro. Él sonrió y señaló hacia el interior del bosque.
Una lechuza se posó en una rama baja y lanzó un acertijo para abrir el sendero. Tita respondió con curiosidad. La lechuza bostezó, mostrando sus picos afilados. Las hojas crujieron bajo sus patas mientras ella avanzaba.
El sendero se hizo más oscuro y las raíces se enroscaban como serpientes dormidas. Tita avanzó con cuidado, picoteando el suelo cada vez que dudaba. El mapa arrugado aún le brillaba en la mente.
En un claro luminoso, un huevo dorado brillaba sobre el musgo. Pero un tejón dormía cerca, con la nariz rozando el suelo. Tita se detuvo y contuvo la respiración.
Tita se arrastró de puntillas, con las alas semiabiertas para mantener el equilibrio. Su cresta se enredó en una rama baja y un picotazo rápido la liberó. El tejón abrió un ojo.
El tejón bostezó y volvió a cerrar el ojo. Tita cantó una melodía suave y tranquila. El tejón se relajó por completo y sonrió dormido. Entonces el huevo dorado hizo crac.
El huevo se partió y de dentro emergió un polluelo dorado que piulló con voz diminuta. Tita lo envolvió con sus alas y lo levantó con cuidado. Era el tesoro más hermoso del bosque.
De vuelta en el claro, el tejón los miró partir con ojos medio cerrados. Tita caminó erguida, con el polluelo dorado anidado contra su pecho. El bosque entero parecía celebrar su regreso.
En el gallinero, Tita acomodó al polluelo dorado en su nido de paja. Los grillos comenzaban a cantar cuando unos suaves picoteos anunciaron a los visitantes del bosque.
Un ratoncito, un erizo y una mariposa grande entraron despacio. Tita repartió migas de pan y botones brillantes entre sus nuevos amigos. El polluelo dorado dormía plácidamente.
Tita se recostó en su nido y su cresta se arrulló con satisfacción al sol tibio de la tarde. El polluelo dorado suspiró en sueños. El bosque estaba en paz, y su jardín también.