Detrás de la valla de madera, Tito avista un tomate rojo y brillante. Un saltito lo acerca más.
Da un saltito. Una rama seca cruje y el espantapájaros levanta un brazo de paja. Se zambulle en la clover.
Al día siguiente, rodea la valla por el sendero de piedras y camina de puntillas. Con cuidado.
Ve una zanahoria morada. Una sombra pasa y el espantapájaros parece girar. Sale corriendo hacia su nido.
Esa tarde, el viento mueve los brazos del espantapájaros. Tito se arrastra entre lechugas sin hacer ruido.
Ve un racimo de uvas azules y alarga el cuello. Una libélula se posa en su pico. Se esconde bajo una hoja gigante.
Tito respira hondo y se acerca al espantapájaros. Un escarabajo rojo trepa por su manga.
El escarabajo se posa en su ojo de botón. El botón refleja un destello de sol, parpadeante. Tito entorna los ojos.
Tito extiende una garra y toca la paja suave y seca del hombro del espantapájaros. No se mueve.
Agarra una cereza jugosa de una rama baja y la chupa. El dulce jugo le mancha el pecho. Una risita escapada hace vibrar sus plumas.
Salta de planta en planta, probando tomates, lechugas y bayas. El espantapájaros permanece inmóvil con sus brazos abiertos.
Al atardecer, se posa en su hombro y observa el huerto dorado por la luz. Deja una semilla brillante a sus pies. El espantapájaros parece sonreír con la inclinación de su sombrero.