El bosque amanecía con luz dorada. Los árboles antiguos abrían sus copas como grandes paraguas verdes. Un claro de flores silvestres brillaba en el centro, pintado de amarillo y azul.
Tobi caminaba despacio por el sendero. Sus patitas pisaban hojas secas. "Cric, crac", sonaba cada paso. Respiraba hondo. El aire olía a tierra húmeda y a flores nuevas.
Detrás de un roble viejo, vio algo moverse. Una madre conejo estaba sentada entre las raíces. Entre sus patas delanteras, un pequeño conejito se acurrucaba contra su pecho.
La madre conejo lo miró. Llevaba al bebé bien apurado contra su cuerpo. Luego se giró hacia Tobi y extendió una patita. Entre sus dedos, algo blanco brillaba.
Con cuidado, Tobi recibió la flor. La madre conejo se la colocó entre las patitas delanteras. "Gracias", pensó Tobi. La flor era suave y fresca, con pétalos tan blancos como la nube.
La madre conejo dio media vuelta. Agarró al bebé con la boca suavemente por la piel del cuello. Lo llevó entre los árboles, desapareciendo tras los troncos oscuros.
Tobi se quedó solo. El claro estaba silencioso. Sostuvo la flor contra su pecho con ambas patitas. Era pequeña pero pesada, como un secreto bonito.
Un pájaro cantó desde lo alto. "Piu-piu, piiiu". Tobi levantó la vista. Las ramas temblaban con cada nota. Sonrió. La flor seguía caliente contra su pecho.
Tobi pensó en la madre conejo. Había cuidado tan bien a su bebé. Ahora Tobi también tenía algo que cuidar. Algo blando y tierno que brillaba bajo la luz del bosque.
El viento movió las flores del claro. Todas se inclinaron hacia un lado y luego volvieron a levantarse. Tobi también se mecía un poco, con la flor entre sus patitas.
Tobi empezó a caminar. Despacio, muy despacio. Cada paso lo llevaba más cerca de la luz. La flor se balanceaba suavemente entre sus patitas, como un pequeño sol blanco.
La luz del bosque era tibia y brillante. Tobi cerró los ojos un momento. Pensó: "Hoy es un buen día". Y siguió caminando, con la flor y el sol, de vuelta a casa.