En el centro de Lumaria, el Cristal de las Estrellas permanecía apagado. Todo el planeta estaba en silencio.
Toivo dio un paso atrás y sus pies brillaron en la penumbra. «¡Tengo que hacerlo brillar de nuevo!», pensó.
Salió corriendo por un sendero de polvo estelar. Cada paso dejaba una estela brillante en la oscuridad.
Pero el polvo se le escapaba entre los dedos como arena mojada. Lo intentó una y otra vez.
Al final, solo consiguió mancharse las manos. «Ups», murmuró, y siguió caminando sin mirar atrás.
Cruzó un valle de nebulosa donde las nubes susurraban chistes muy antiguos. Él reía sin parar.
De pronto, una nube le hizo cosquillas en la barriga y lo empujó hacia un precipicio.
Aterrizó suavemente sobre un cojín de musgo brillante. «¡Wow!», exclamó y siguió su camino.
Al fin, llegó al cristal apagado. Lo tocó con cuidado y una chispa saltó de su dedo.
El cristal emitió un débil destello, luego un resplandor cegador que lo inundó todo de luz.
Toivo lanzó un grito de alegría y giró en círculos sin parar, lleno de luz.
La luz bañó Lumaria en tonos suaves de rosa y lavanda. Toivo se sentó en un bordillo, observó los senderos brillantes y cerró los ojos.