Killa corre hacia el parque con una pelota bajo el brazo. Allí, cada juego parece tener dueño: unos ocupan los columpios, otros la resbaladilla y otros el arenero. Killa levanta la pelota y pregunta: «¿Puedo jugar?»
Las respuestas se mezclan con chirridos, gritos y ruedas que rechinan. Killa se acerca a los columpios, luego a la resbaladilla y después al arenero. Nadie deja de hablar ni mira hacia Killa.
Una pala cae en la arena: ¡plaf! Un niño la recoge sin escuchar la propuesta. Killa aprieta la pelota contra la camiseta y observa las sombras largas que los juegos dibujan sobre el suelo.
Killa coloca la pelota en el centro del parque y dibuja un gran círculo con un palo. «¡Inventemos un juego para todos!», anuncia. Propone pasar la pelota, correr hasta una marca y regresar para elegir al siguiente jugador.
Al principio, unos quieren correr a la vez. La pelota rebota contra un cubo: ¡pom, pom, pom! El cubo rueda como un tambor, mientras todos persiguen el ruido y olvidan la marca.
Killa levanta una mano para ordenar los turnos. Tres niños salen disparados al mismo tiempo y chocan suavemente con una montaña de arena. Killa cambia la regla: quien recibe la pelota elige el siguiente movimiento.
La pelota termina dentro de un columpio. Killa se ríe y señala el asiento. Los niños esperan, escuchan y se ayudan: uno sostiene la cadena, otro alcanza la pelota y otro despeja la arena.
Killa lanza la pelota a la primera persona que aguarda su turno. El juego continúa con saltos, carreras y pases cada vez más ingeniosos. El parque se llena de risas y palmas.