Corvo cruza la callejuela gris al atardecer, maletín en la mano, pasos medidos como un metrónomo. Tap, tap, tap. El asfalto lo traga y lo escupe. Ni una ventana encendida. La callejuela es un surco largo entre dos muros, y él camina en el surco.
De pronto se detiene en seco. Un niño pequeño está sentado en la acera de piedra, mirando un lápiz azul partido por la mitad. El niño levanta la vista; el maletín se le escapa de los dedos y cae con un golpe sordo contra los adoquines. Paf. Corvo no se agacha a recogerlo.
Corvo se afloja la corbata con un chasquido de tela, se endereza la solapa y da tres pasos más. Chas, chas, chas. Los zapatos taconean sobre la piedra fría. No mira atrás. Mira al suelo, justo donde el maletín sigue yaciendo boca abajo.
«Señor de gris, el lápiz está roto», dice el niño, y le ofrece los dos pedazos con la palma abierta, como si fuera un tesoro. Corvo toma las dos piezas y las junta. No encajan. El niño frunce el ceño y vuelve a colocarlas en su mano, con más fuerza. No encajan.
El niño señala la hilera de casas, índice extendido como una varita: «Mi casa está donde hay un jarrón azul». Corvo mira su reloj: las 7:42. Lo guarda en el bolsillo y lo cierra con un clic sordo. El niño le tira de la manga. «¿Y el jarrón?»
El niño arranca a correr. Los pasos largos de Corvo se acortan, se tropezan, hasta que van al mismo ritmo. Un olor a pan recién horneado se escapa de una ventana abierta y les lame la cara. El niño no frena. No se detiene.
Llegan a una puerta pequeña; un jarrón azul con el esmalte descascarado descansa en el escalón. El niño toca el timbre: ding, ding. La puerta se abre y una luz dorada desborda sobre las piedras grises. Le cae a Corvo en el pecho como un chal tibio.
«¡Lino! ¡Dentro, ahora!», llama una voz desde el fondo. El niño corre adentro. Corvo se queda. Baja la mirada: los dos pedazos de crayón descansan en su palma, bordes torcidos, atrapan la luz dorada. Cierra los dedos alrededor, sin apretar, como quien guarda algo que no quiere romper.
Corvo regresa a la callejuela. La ciudad sigue gris, sigue callada, y el maletín ya no pesa contra su cadera como antes. Lo encoje contra el brazo. El silencio es el mismo: uniforme, espeso, sin eco. Solo el tap de sus zapatos sobre la piedra.
Se detiene donde estaba sentado el niño y deja los dos pedazos de crayón en la acera, uno al lado del otro, como un puente visto desde arriba. Sigue caminando, más despacio ahora, hacia el anochecer. Los dedos aún arañados de cera azul. Tap. Tap. Más lento.