Lino saca dos monedas del bolsillo. Una. Dos. Abre la puerta y aprieta los labios. «Voy solo.»
Cruj. Cruj. Cruj. Su zapato pequeño golpea las baldosas del pasillo. El eco le vuelve por detrás.
La calle sube. Sube. Sube. Lino camina de lado en la pendiente. Pasos cortos. Cortos. Cortos.
¡Chic! Una moneda rueda por la cuesta. Chic. Chic. Chic. Lino la ve alejarse.
Corre de rodillas por el empedrado. La atrapa. La aprieta entre los dedos. El pelo le cae mojado sobre los ojos.
El humo del horno sale en volutas doradas. Lino parpadea. Parpadea otra vez. Se detiene.
Lino deja las dos monedas sobre la madera. El abuelo envuelve el pan en papel de estraza. «Para mañana», dice.
Lino levanta la bolsa. Pesa. El pan caliente aprieta contra sus dedos. Un crujido suave ruge dentro del papel.
Baja la calle sin esfuerzo. La bolsa rebota contra su barriga. Rebote. Rebote. Rebote.
Deja el pan sobre la mesa. Aún sale vapor. Mira sus manos vacías. Las huellas pequeñas quedan en las baldosas.