Valeria y su madre caminan por la plaza empedrada. Valeria salta sobre cada piedra con alegría. Saca su saquito de sal del bolsillo y lo agita.
Una campana suena a lo lejos. De pronto, dos hombres se acercan corriendo por la plaza. Valeria mira hacia ellos y se detiene.
Valeria abre el saquito de sal y lo esparce en el aire. «¡Corre!» piensa. Los hombres tosen y se cubren los ojos con las manos.
Valeria corre por las calles empedradas. Pero sus pies resbalan en los escalones del pozo antiguo. «¡Ay!» cae hacia adelante.
El mundo se vuelve oscuro. Valeria abre los ojos y ve un círculo de luz muy arriba. Alguien grita su nombre desde afuera.
Un vecino baja con una linterna y una escalera. «¡Agarra mi mano!» dice. La levanta con cuidado hasta la luz del sol.
Valeria despierta en su cama. Su madre la abraza fuerte y le besa la frente. Afuera, los vecinos ríen y hablan del saquito vacío junto al pozo.
Valeria se acurruca contra su madre. Escucha su respiración tranquila y sonríe. Todo está bien.