«Solo una más, por favor.» Lumi tira la manga de la abuela y la tela cede sobre la alfombra colorida. La vela cruje en la mesita de noche y la llama se mece.
El cojín blanco se hunde por el medio, la tela arrugada bajo el último bostezo. La vela cruje otra vez. La luz ámbar tiembla en la pared.
«La lluvia golpeaba el arca. Gota, gota, gota.» La voz de la abuela sale bajita, casi un hilo. Lumi ya casi se ha quedado dormida, con la cabeza pesando en el hombro.
¡TRUENO! La habitación estalla en luz azul. Lumi abre los ojos de golpe: la lluvia está golpeando la ventana. Golpea. Golpea. Como en el cuento.
Las gotas resbalan por el cristal de la ventana. Ploc. Ploc. Ploc. El mismo ritmo del cuento. Gota, gota, gota, repicando suave en la oscuridad.
«¡Beee!» Lumi se levanta sobre la alfombra, gira el cuello hacia cada rincón. Apunta con el dedo estirado. «¡La encontré! ¡La oveja está ahí!» — el osito en el suelo.
Abraza al osito con las dos manos y lo mece para adelante y para atrás. «¡No muerde!» El osito-oveja queda apretado contra ella, con sus ojitos de botón brillando.
Lumi se vuelve a sentar en el regazo de la abuela, quieta, sin mover un solo dedo. La llama de la vela tiembla, y sus ojos enormes capturan la luz: dos puntos de ámbar.
«¿Y mañana… qué?» La voz sale tan bajita que casi se pierde. Sus labios apenas se mueven. La vela solo ilumina la punta de su nariz.
La abuela tira el edredón hasta el mentón de Lumi y apaga la vela con dos dedos. En la oscuridad, las dos manos se entrelazan. La lluvia, allá afuera, se ha vuelto un susurro.





